lunes, 8 de septiembre de 2008

Oportunidad en tierra guaraní...


Oportunidad Paraguaya

En América del Sur, se sabe, soplan vientos de cambio. En un contexto internacional de crisis del capitalismo, donde la especulación ha cooptado a tal punto las bases de la economía que lo productivo se vuelve por momentos inhallable (o deslocalizado vaya a saber uno dónde) en el subcontinente americano la oportunidad parece inmejorable: frente a tal contexto, pocas geografías en el mundo encuentran una combinación tan favorable de recursos humanos, materiales, naturales y energéticos a su disposición para adentrarse definitivamente en el camino de un verdadero desarrollo. Las economías latinoamericanas, beneficiadas por el aumento de los precios internacionales de los alimentos, las materias primas y la energía, se hallan en pleno crecimiento. Los Estados, la política, libran una batalla decisiva por la apropiación de esta renta: o bien en beneficio de las mayorías o bien, es claro, en beneficio de las elites de siempre.

En efecto, a lo largo y ancho de la región, la línea parece trazarse entre dos opciones: aquellos que optan más decididamente por un destino sudamericano, cortando amarras con el modelo neoliberal, apostando al fortalecimiento de instituciones como el Mercosur y por ende a la integración regional como camino, y aquellos otros que, más bien, apuestan por un desarrollo ligado, principalmente, a las inversiones extranjeras provenientes, principalmente, de los Estados Unidos, intentando vehiculizarlas fundamentalmente a través de Tratados de Libre Comercio.

La encrucijada, en los distintos escenarios, parece ser justamente la reapropiación por parte de los Estados de la renta de los recursos naturales y energéticos: privatizados a lo largo de las últimas décadas, numerosos gobiernos de corte progresista se baten, con mayor e menor intensidad, por recuperar estas fuentes de riqueza estratégicas que constituyen la clave de cualquier proyecto que aspire a cambiar la correlación de fuerzas históricas y por ende lograr, si acaso posible, una verdadera redistribución de la riqueza.

Los distintos gobiernos sudamericanos, por ende, pueden ser definidos a las claras, aunque un poco esquemáticamente, en base a esta última premisa: están aquellos que llevan o intentan llevar la refundación del Estado y la sociedad hacia sus máximas potencialidades, no exentos de desgastantes conflictos internos, contradicciones, marchas y contramarchas, como Venezuela, Ecuador y Bolivia, y aquellos cuyas elites optan por continuar una política neoliberal fuertemente ligada a la inversión extranjera como principal motor del desarrollo, con especial énfasis en su relación / sujeción hacia Washington fortaleciendo sus vínculos con éste a través de Tratados de Libre Comercio, sea el caso de Chile, aunque con ciertos matices, Perú y, a las claras, Colombia. En el medio, más o menos reformistas según el caso y hasta el momento, podríamos situar a gobiernos como el brasileño, el uruguayo y el argentino.

Ahora bien: imaginemos por un momento a un pequeño país mediterráneo, sin grandes recursos y con una pequeña economía, históricamente aislado en sus relaciones con sus vecinos y que viene de atravesar 34 años de dictadura autocrática seguidos de otros 19 de gobierno de un solo partido, con un sistema de salud ineficiente y una educación que quizá lo sea aun más: he aquí Paraguay.

Aquí, la reciente elección del ex obispo Fernando Lugo como presidente parece incitarnos a pensar que dicha nación estaría a las puertas, quizás, de un golpe de timón que podría torcer, en parte, el sendero en el que hasta ahora dicho país venía deslizándose. Al menos en parte. Realismo obliga, la prudencia en estos casos debe ser extrema, mas, aunque las dificultades son enormes, la oportunidad se presenta como histórica.
En el caso que nos ocupa, el quiebre de gobierno ininterrumpido del Partido Colorado por parte de fuerzas progresistas ancladas en el campesinado pobre del Paraguay obliga, al menos, a la reflexión.

Como principal desafío, la agenda impone, estima el cronista, la refundación del Estado Paraguayo: cooptado e infectado por capas geológicas de burocracias ineficientes y corruptas que datan de tiempos del régimen dictatorial de Alfredo Stroessner, agravado por casi dos décadas de gobierno corrupto del Partido Colorado, el Estado Paraguayo deberá reformarse profundamente si se pretende hacer de él un instrumento de cambio, puesto que acaso sigue siendo la herramienta fundamental para lograr tal fin: se trata de reformular por completo las relaciones entre el Estado y la sociedad, para poner de una vez por todas el primero al servicio de la segunda. Un nuevo pacto social que reformule la lógica de estos actores se impone de manera urgente. En el grado de intensidad de este cambio se podrán medir las aspiraciones de este gobierno: revolucionarias, a semejanza de las de su vecino andino, o tímidamente reformistas. Potencialidades reales tenidas en cuenta y análisis de los recursos disponibles mediante, quien suscribe estima que el camino, en el mejor de los casos, se medirá por cuán alejado se encuentre de la segunda opción. Veremos.

A grandes rasgos y en sintonía con los gobiernos de la región, parece claro que algunos ejes estarán presentes en la nueva etapa: mayor regulación e intervención del Estado y consecuente regulación del mercado, combate profundo a la corrupción y a la informalidad de la economía en una nación donde buena parte de la actividad comercial proviene del contrabando, inclusión y pasible redistribución de la riqueza, aunque más no sea a través de programas sociales del nuevo gobierno, etc.

Ahora bien: si debemos de creer en las declaraciones del reciente electo prescíndete y en la plataforma electoral de la heterogénea alianza que lo llevase al gobierno, dos temas se imponen como centrales: la soberanía energética y la reforma agraria.

En el primer caso, el frente externo domina, y la diplomacia, esforzada, deberá ser hábil, amén de la buena voluntad de sus dos grandes vecinos. Paraguay cuenta, como una de sus principales riquezas, su capacidad para producir energía hidroeléctrica en magnitudes que su propia economía no llega a consumir y por lo tanto exporta: dicho recurso económico y energético, que mana de las aguas del Paraná y demás ríos que bordean y atraviesan esta nación, se produce gracias a dos grandes represas binacionales: Yaciretá, compartida con la Argentina, e Itaipú, con Brasil. En ambos casos, el nuevo gobierno ha manifestado a las claras sus intenciones de revisar estos acuerdos e ir en la línea de una posible renegociación del precio de la energía exportada, la cual se encuentra, en ambos casos, por debajo del precio de mercado. Ambos emprendimientos, como todo en las relaciones internacionales, fueron llevados a cabo teniendo en cuenta la relación de fuerzas existente; en ambos claros, sobra aclararlo, en desmedro de Paraguay. Se verá, pues, la disposición negociadora de la Argentina y Brasil, quienes, si han de comprometerse con el desarrollo y la sustentabilidad paraguayas, y por ende de la región, deberán hacer algunas concesiones. Dicho curso de acción, esencial para fortalecer la integración regional, tendría el doble efecto positivo de apuntalar la economía paraguaya, socia e importadora de productos de ambos países, fortaleciéndola y dotándola de un excedente de recursos de los cuáles hoy carece, y, en consecuencia, disminuir las asimetrías al interior del Mercosur y, quien sabe, fortalecerlo. Más allá de los números y cuestiones técnicas, será una cuestión política.

En el segundo caso, la reforma agraria se presenta como la principal batalla que acaso decidirá librar el gobierno de Fernando Lugo: en un país dónde, según estimaciones, el 4% de los propietarios detentan el 96% de l tierra, urge tomar medidas que vayan en contra de esta tradición latifundista, a la que, por demás, se suma la amenaza del monocultivo, puesto que la soja, se sabe, no conoce fronteras. Aquí entra en juego, por demás, el apoyo electoral al gobierno: su base la constituye, principalmente, el campesinado pobre y desposeído. Estos grupos, es esperable, presionarán, si bien apoyando, para que se tomen las medidas necesarias. El gobierno deberá actuar, pues, en consecuencia, si no quiere vaciarse de legitimidad frente a su electorado, más no podrá hacerlo cruzando límites que pongan en juego su propia gobernabilidad. Cuestión de Realpolitik, nada más. Es sabido que sus principales fuerzas parlamentarias se las debe al Partido Liberal Auténtico…

He aquí, pues, algunos de los rasgos del escenario paraguayo, donde, si bien parecen resaltar las dificultades, la oportunidad aun así se presenta. Hará falta, como para todo, voluntad política. Mucha.

MS

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