lunes, 1 de septiembre de 2008

El ultimo duelo


El último duelo

A J.L.B, quien se afiliara al Partido Conservador, según él, por escepticismo…

Porque partieron de Canaán hacia Egipto par allí ser esclavizados y luego volver a Israel bajo el peso de una promesa y unas tablas escritas en el desierto; porque luego, los Romanos por allí pasaron y, dice la Historia, les siguió un Éxodo que dio en llamarse Diáspora; porque a lo largo de ésta los hebreos se habituaron a vivir en distintas geografías es que, veinte siglos más tarde y un marinero genovés mediante, desembarcaron en un puerto del Sur para allí poblar un barrio que se conocería más tarde como “Once”.
La historia que aquí refiero poco difiere, espero, de lo que me contase el viejo Naím, cuando, en alguna de las tardes en que gustábamos conversar una vez ya las telas cotizadas, me narró la historia de un secreto enfrentamiento que en esas cuadras ocurriese y que signaría, por décadas, la preeminencia del estilo “a la piedra” por sobre el de “la masa alta” en un sector de Balvanera.
He aquí, pues, el relato.
“La línea, como usted supondrá, estaba trazada desde un comienzo entre el linaje semítico oriundo de Sefarad y el Medio Oriente, que acaso en un tiempo fueron la misma cosa, y el germano eslavo, aquí fundido bajo la común denominación de rusos. Éstos, por algún motivo del destino o el azar, que mucho se confunden, eligieron manifestar sus inquinas y rencores a través de dos honestos trabajadores que amasaban las mejores Pizzas de que se tenga aquí recuerdo.
En efecto, Francisco Tropo, cuyos padres no desconocían los secretos del especiado practicados en la Costa Amalfitana, cultivaba y defendía su legado proveyendo a quién así lo quisiera su famosa “pizza a la piedra”. Ésta, decía, era la única que respetaba y mantenía los lineamientos originales de tan noble arte. Al mismo tiempo y ocupando local lindero, Don Eugenio Olaguer clamaba, sin temor a equivocarse, que la tradición Ibérica de la “masa alta” era a fin de cuentas la preferida por el paladar argentino y que copaba, de a poco, los boliches de la Calle Corrientes.
El pueblo judío gustaba, en un comienzo y cuando Perón todavía gobernaba, de ambos estilos, concurriendo, linajes mezclados, a ambos locales, haciendo el gusto de ambos maestros y profesando, cada Domingo, su preferencia por una y al siguiente por la otra.
De este modo, poco a poco, entre Tropo y Olaguer se fue gestando una rivalidad cuyo fin sería trágico, privando a toda la comunidad y el barrio entero de uno de los dos estilos, sin que acaso existiese superioridad alguna.
Cierto mercader, cuyas mentas de fabulador eran harto conocidas me dijo, una vez, que las tendencias comenzaron luego de una discusión polémica entre Asimovich y Saud a propósito de cierta interpretación talmúdica que, trabada por argumentos igual de sólidos, no pudo zanjar cuál era el verdadero sentido de una parábola de los Cabalistas.
A consecuencia de ello, y luego de descalificaciones personales provenientes de ambos estudiosos, las inclinaciones del paladar se pusieron sobre el tapete. Como le dije, hasta ese momento, rusos y turcos hacían el gusto de sus familias disfrutando sin culpa alguna en lo del español como en lo del italiano. Aquella tarde de Febrero del ’53, por algún motivo que aún ignoro, los primeros se encolumnaron detrás de Italia; los segundos, de España. Tras reivindicar cada uno a su turno la elección hecha y lo despreciable de la contraria, ambos grupos dejaron la Ieshivá estableciendo un extraño paralelo entre la discusión sobre el Talmud y el estilo de Pizza preferido, dando a entender a los allí presentes y luego a todo el barrio que la preeminencia de un estilo por sobre el otro sería la única forma de demostrar quién tenía razón sobre los pasajes mencionados de aquel Libro.
Desde ese momento, cada domingo por la noche, y a lo largo de varios meses, en la calle Tucumán entre Pasteur y Azcuénaga se disputaba mucho más que el buen provecho en una mesa. Entre copas engrasadas y servilletas de papel, ambos bandos intrigaban a viva voz para que en el local vecino no dejaran de escucharse sus opiniones. Tropo y Olaguer, sin darse cuenta, tomaron partido respectivamente y adoptaron la contienda de sus parroquianos hasta un nivel que ya se sabe exagerado. No faltaron hombres sensatos que quisieron moderar el asunto clamando que la Muzarrella era la especialidad de uno en tanto la Fugazzeta lo era del otro. De nada sirvió, pues la inquina prosiguió, indefectible, hasta el desenlace al que ya me acerco.
Cierta noche de verano en que el año era bisiesto, al comenzar las barras a llenar el boliche de largas barbas y sombreros, Olaguer no pudo más con su genio andaluz y se apersonó en lo de Tropo sin siquiera sacarse el delantal. Los que allí estaban salieron a su turno para hacer bulto en la vereda y simplemente acompañar. El italiano se limpió en acto la harina que cubría sus manos y salió a su encuentro.
- Entre con precaución que aquí, los de al lado, nos tienen sin cuidado, dijo el local.
A lo que el visitante respondió: - Por mí, no se preocupe, que si me ve, es para decirle que en el Once no cabemos ya los dos. Mándese a mudar a la Boca, que allí están los suyos.
Acto seguido, los dos se fueron al humo y dio trabajo separarlos. El viejo Samuel, impasible, sentenció, tocándose las barbas, que esa no era forma de resolver el asunto. Alguien hizo notar, como siempre, que dagas no faltaban, si bien otro retrucó que estos ya no eran tiempos de compadres. Nadie oyó esto último y casi en el acto, rodeados de hombres y mujeres que secreteaban al tiempo en idish y árabe, ambos maestros pizzeros se encontraron en la vereda con sendos cuchillos de cocina que ya no cortarían sino la carne de otro hombre.
El asunto se liquidó en cuestión de minutos. El español, si bien bravo, pecó de torpe en sus movimientos. El otro, más prudente, esquivó y esperó el claro, hundiendo hasta el fondo el metal lleno de aceite.
Enseguida, comenzaron los llantos de algunas mujeres y niños que quien sabe si se lamentaban por el finado o la masa alta que ya no probarían.
Los hombres, ellos, sin decir palabra, enfilaron para sus respectivas Sinagogas: los del desierto, para Lavalle entre Azcuénaga y Larrea; los otros, para Uriburu entre Corrientes y Sarmiento.
Dicen que esa noche, en ambos templos, no faltaron los que se rasgaron las vestiduras. Sobre aquel pasaje del Talmud, es claro, ya no se discutió”.


Once, Agosto 2008



No hay comentarios: