miércoles, 1 de octubre de 2008

Todo por una medalla



Todo por una medalla

Terminó de afeitarse frente al espejo y pensó que estaba bien, que ahora sí. Nunca realizaba un trabajo con barba de dos o tres días. Además, le gustaba el olor de la loción de afeitar y la pólvora al mismo tiempo. Quizá era la parte que más le gustaba de su oficio, aparte de cumplir con lo pactado, claro.
Una vez la camiseta dentro de los pantalones y los tiradores en su lugar, se calzó la 22 contra las costillas, púsose saco y sombrero y pagó la cuenta en el Hotel “Las hermanas”, en la zona de Santa Fe y Pacífico. Pensó que la tarde estaba un poco demasiado gris y que probablemente el whisky de las siete sería acompañado de un buen diluvio, de esos que solamente tienen lugar en Buenos Aires.
Caminó las dos cuadras hasta la esquina de Juan B Justo y prendió un cigarrillo mientras esperaba el tranvía. Estaba tranquilo; tenía una foto de su objetivo desde hacía días y por lo tanto la cara estaba bien estudiada; la víctima, normalmente, debía encontrarse en la puerta de la agencia de quiniela al pasar la zona de los desarmaderos: saliendo del local, tenía los segundos justos antes de que se subiera a un auto y ya no tuviera posibilidad alguna; sabía, además, que la formación aminoraría la marcha durante unos instantes por el breve paso a nivel, por lo que la momentánea lentitud y el sonido del metal en el asfalto harían lo suyo. Hecho, se dijo; pitó fuerte, arrojó el pucho a la vereda y subió. Mucha gente, justo lo que había previsto. Se acomodó contra una ventana del fondo y empezó a hojear un ejemplar de La opinión, que alguien había dejado sobre un asiento. Si a Aramburu las cosas parecían salirle bien, a él también: después de ésta, unos días al Uruguay. No tenía idea de quién se trataba; nunca lo sabía, pero por éste le pagaban bien.
Ya en camino, las bodegas quedaron atrás y el terraplén desapareció de su vista; el cielo se tornó negro y comenzaron a caer algunas gotas. El olor a humedad y ropa mojada le desagradaba bastante, pero concentrado como estaba contra la ventana, apenas lo sintió. Divisó la esquina de Warnes y agarró el mango con la diestra; luego, todo ocurrió en un instante. Los rieles sonaron como lo había previsto y el maquinista hizo sonar levemente los frenos. Justo ahí, lo imprevisto: una mujer pasó delante suyo con un escote demasiado generoso para la época, desvió su mirada y notó, entre los que le parecieron los pechos más deslumbrantes que jamás hubiese visto, una medallita de la Virgen; se acordó de Adrogué y de la quinta, del Tucumano y de otros que ya no estaban…
Cuando volvió la vista hacia fuera, ya la esquina de Honorio Pueyrredón quedaba atrás. Carajo, gritó, y se bajó casi de un salto. Cien metros atrás, un Packard placero arrancaba y ya estaba todo dicho.
MS

1 comentario:

Anónimo dijo...

ya lo dice el refrán "tiran más dos tetas que dos carretas"